Que
los seres humanos sean diferentes en su aspecto físico no es ninguna
casualidad. Al contrario, las diferencias en su aspecto denotan las diferencias
culturales; al menos, antes que llegara la globalización. Personalmente, doy la
bienvenida a esta mezcla cultural. Tal vez, y de una vez por todas, el hombre
deje de lado un orgullo racial sin fundamento y se dé cuenta que, en el fondo, un
hombre de verdad no está determinado por su aspecto, su origen o estudios,
menos aún, por el dinero, sino por algo que va más allá de eso, y que,
lamentablemente, es muy difícil de determinar a simple vista.

Pareciera
que el mundo está al revés, pero no lo está. Para quien ha visto alguna de las
películas de “Alicia en el país de las maravillas” y se detiene en la parte en
que Alicia cae en el agujero del conejo, podrá ver que ella ve objetos conocidos
y no ajenos, en ningún caso pertenecientes a un mundo desconocido, ya sea alienígena
o futurista. La niña se pone de cabeza y todo está al revés. Pues sí, todos
somos una Alicia cayendo por este agujero sin fin, en un agujero de vida que
nos llevará, en algún momento, a la verdadera realidad de la existencia. Pero
antes de llegar a destino, hay que seguir cayendo por el agujero, incluso de
cabeza. Así estamos en este mundo, de cabeza.

“El
mundo no está normal”, me dice la gente cuando me la encuentro por la calle.
Varias veces he escuchado o leído, que “sería mejor que se acabara el mundo”. Y
me pregunto: ¿Lo sería? ¿Por qué? Es como el suicida, quien sin ver un final satisfactorio
a su vida, opta por ponerle fin. Y es muy valiente por acabar con su vida. ¿ O
es un cobarde? Valiente o cobarde, los problemas no saldados volverán según la
ley de las encarnaciones. Por supuesto, quien no crea en ella no necesita
preocuparse de nada, por el momento. Pero obviar un problema, no sirve de nada.
Enfrentarlo hace la diferencia, incluso si se pierde la batalla. Enfrentarlo
nos hace fuertes. “Lo que no me mata, me fortalece”. Y la vida continúa; sí proseguirá,
incluso si explotan todas las bombas atómicas en conjunto y nos exterminan como
quien mata una hormiga. La vida volverá a desarrollarse; la vida siempre busca
un nuevo camino.

¿Cómo
es que llegamos donde estamos? ¿Dónde estamos, en realidad? Para muchos,
estamos en mundo sobrepoblado. Es lógico que al disminuir las guerras y con el descubrimiento
de los antibióticos o el desarrollo de vacunas, la esperanza de vida del ser
humano se haya alargado. Yo creo que no; existen otras causas de mortalidad, y
de alguna manera, la naturaleza buscará lograr el equilibrio necesario. Para
otros, estamos en un mundo donde escaseará la comida. Vienen a la memoria, escenas
de niños africanos desnutridos muriéndose de hambre. Que ellos se mueran,
literalmente, de hambre, no cambia que en otros países la obesidad sea la principal
enfermedad. El mundo “desarrollado” tiene comida en abundancia; el ser humano
se alimenta ya sólo de comida basura y la comida se bota en toneladas. Que hay,
hay. Cómo se distribuye, es otro problema. Con la disminución del trabajo
físico y el aumento de horas de oficina, el hombre necesitará ingerir menos
alimento.

¿Dónde
estamos? Estamos en un mundo que intenta cambiar, porque muchos seres humanos,
mientras caen, quieren darse vuelta para caer de pie y no cabeza. Todos iremos
a caer de pie, eso es seguro, pero es mucho mejor observar el mundo en una
buena posición mientras seguimos cayendo por el agujero, por el agujero de la
vida, porque sí, el mundo no está al revés, somos nosotros lo que lo estamos. Y
al darnos vuelta, veremos el mundo tal como es.

¿Dónde
estamos? Estamos en un mundo cruel, egoísta, lleno de envidia y odio, superficial,
donde reinan el dinero y el poder. Nada nuevo. Seguramente, como hace cientos
de años. La diferencia es que, hoy en día, muchos hombres quieren cambiarlo, de
alguna manera. Y no con el lema: “que se mueran todos”, sino con el lema: “yo
aportaré mi granito de arena”. Cada vez más, hombres y mujeres buscan ver el
mundo de otra perspectiva. Por algo se empieza.

Algunas
religiones hablan del infierno, un lugar oscuro, donde reina el fuego, gobernado
por un ángel caído, rey de demonios y bestias. Quien cae en el infierno, se
quemará en un fuego eterno de dolor y sufrimiento y no podrá salir de él. Y las
religiones profesan la bondad para no caer en sus llamas eternas. Que exista o
no un infierno en un mundo paralelo o después de la vida, es algo que cada
persona puede elegir creer o no creer. El ser humano es libre de pensar. Lamentablemente,
hoy se piensa poco. En fin, el infierno lo viven muchos humanos sobre esta
Tierra. Cada uno vive o ha vivido su propio infierno, en algún momento de su
existencia. ¿Y el paraíso? Aquel lugar que es todo lo contrario, donde la luz lo
envuelve todo, y el canto de los ángeles, los seres más hermosos de la
creación, deleitan el ambiente… ¿se encuentra el paraíso en un lugar como éste?
Para otras culturas, el paraíso se encuentra en nuestro interior. Y aunque aún
es difícil creerlo, quién quiere vivirlo, lo vivirá en este mundo. Muchos viven
su mundo, eso está claro. Y para aquéllos, desconectarse de las desgracias de este
mundo no afectará el suyo. Pero, ¿es eso correcto? ¿No involucrarse con la escoria
para no contagiarse de lepra es la solución? ¿Mientras menos nos involucremos,
mejor? ¿Acaso no somos todos solamente uno? Si yo estoy bien, de alguna forma, ¿haré
que se sienta bien el de al lado? ¿Y cómo lo logro? Hay que darse vuelta de a
poco.