Hoy caminaba por las calles del centro de Schaffhausen, una ciudad
suiza en la frontera con Alemania. La arquitectura es realmente fascinante; aún
se observan casas decoradas y pintadas como en tiempos del siglo XVII. Suiza siempre
me ha llamado la atención, ya que en este país conviven tres tipos de culturas
diferentes: suizos alemanes (que componen más de la mitad de la población),
suizos franceses y suizos italianos, quienes no se diferencian sólo por el
lenguaje que hablan, sino que también por algo más. Los “italianos” y “franceses”
son, sin duda, más latinos que los “alemanes”. Como decía, en este país se convive
con tres idiomas, además de un cuarto que es el retrorromano. Los suizos alemanes
hablan también un dialecto, que, aunque tiene un sinnúmero de palabras alemanas,
cuesta comprender, incluso para un oído experto. Aquí parece que medio mundo
habla el dialecto: en tiendas, en la calle, en restoranes. A mi marido le llama
la atención que hasta los inmigrantes lo hablen. En ello me quedé pensando hoy.
Pues, yo creo que los suizos son diferentes, en muchos aspectos. Son muy
gentiles, ya que saludan en cuanto uno pisa una tienda. En este país, cuya
arquitectura ha quedado intacta (a salvo de las últimas guerras mundiales), parece
que sus habitantes han quedado a salvo de los traumas de la guerra. Es cierto
que su población sufrió también hambrunas que surgieron durante y después de
las guerras mundiales, aunque no en la misma medida que en otros países. Vale
recordar que Suiza siempre sirvió como territorio neutral y, durante la Primera
Guerra Mundial, se convirtió en un gran hospital. Los soldados de los países en
conflicto eran intercambiados en territorio suizo y muchos pudieron curar sus
heridas en sus hospitales. En Suiza nació la Cruz Roja. Durante la Segunda
Guerra Mundial se vivió más el miedo de una invasión, por ello se movilizó su
ejército y se construyeron búnkeres como línea de defensa al estilo de la Línea
Maginot francesa. La guerra, sí, ciertamente, provoca traumas casi insalvables
en el ser humano y su descendencia. Pobres los que las han sufrido; más pobres
aún, quienes las ignoran. Se nota en su población. Aquí se vive la democracia per se: se pregunta directamente al
pueblo, quienes dan su opinión con un voto directo. El nivel de inmigración es,
porcentual, más alto que en Alemania; la mitad del pueblo ya votó en contra de un
aumento descontrolado. En este país abundan los túneles, así como las vacas con
sus enormes campanas al cuello que pastan a campo abierto al lado de las
calles. El queso es sabroso, así como el chocolate (Lindt y Frey son mis
marcas favoritas). Destaco que se nota en los alimentos y su fabricación la
influencia francesa-italiana. Quien desee viajar en automóvil por sus
autopistas debe conseguir una Vignette,
un autoadhesivo que se pega en el parabrisas delantero y que permite usar las autopistas
durante todo un año. La policía se viste de azul como en el resto de Europa, aunque
los autos son de un color blanco con naranjo, que más semejan una ambulancia.
Que es caro, lo es; aunque su diversidad merece más de una visita.