El oficio de traductor es bastante complejo. No sólo requiere
esfuerzo, sino que mucho estudio en los campos a traducir. Lamentablemente,
este oficio está desprestigiado, porque mucha gente cree que “hablar” más de un
idioma le da derecho para ponerse a traducir de un día para otro. Así como así
y a precio de ganga. Por ello, todas las barbaridades que aparecen no son pura
culpa del Traductor de Google. Y el mercado cae, porque los traductores buenos
y con experiencia son excesivamente caros. Como un traductor tampoco es una
máquina, lograr una buena traducción requiere dedicación, mucho tiempo y hasta nervios
de acero. Tengo muchas anécdotas de mis años de trabajo; buenas y malas. Todos
cometemos errores y, más que avergonzarse por ellos, hay que tratar de no
volver a cometerlos. Tuve clientes que trataban de imponerme terminología, a
pesar de que estaba incorrecta. Se dice que el “cliente es rey” y de verdad que
no vale la pena discutir; al fin y al cabo, ese cliente se buscará un traductor
que lo complazca, y uno terminará perdiendo, no sólo el trabajo, sino que el
orgullo. No se puede salvar al mundo, menos aún, hacer que la gente escuche y
cambie de opinión. Una tarea imposible, ¿no es así? Pues sí, aunque siempre hay
gente que quiere escuchar y cambiar de opinión para mejorar.

Recuerdo haber conocido gente que traducía películas del inglés al
español. En Chile las películas en el cine se muestran con subtítulos, con
excepción de las para niños. Sólo en televisión son dobladas al español. Bien,
en Alemania son todas dobladas, tanto en cine como en televisión. Ya había
escrito algo acerca de que nombres como “papá” y “mamá” no son traducidos de
las películas estadounidenses, sino que se dejan en inglés. Así como el “señor”
o “señora”. Mi hija veía en una época la serie “Violetta” y me sorprendí al
escuchar que tampoco se traducía desde el español. Si algún día los chinos nos
invaden con su cine, vamos a tener todos que aprender a hablar ese idioma.
Porque es una catástrofe sin dimensiones, que en este país, en las películas ya
no se traduzca lo esencial. Con razón la gente no entiende ni la mitad y cada
día es peor. Es cierto que acá no todo el mundo sabe inglés. Y hay gente que
dice saber hablar, pero una cosa es saberse la gramática y vocabulario, otra
muy distinta es comunicarse con un nativo que habla a mil por hora con un sinnúmero
de modismos o un idioma con acento. No lo sabré yo. En alemán es lo mismo, tal
vez, peor, ya que muchos hablan dialectos regionales. Por cierto que un alemán
del norte no pronuncia igual que un bávaro. O un suizo. En fin, los alemanes
tienen muchos complejos; no sólo que todos son “nazis”, sino que fueron
ocupados hasta hace poco por tropas estadounidenses (Esto de los complejos da
tema para comentarios aparte). En el idioma van de mal en peor. Hace varios
años se impuso una reforma gramatical, y muchas palabras fueron “simplificadas”.
Un par de años después,
sin embargo, la política se dio cuenta que esta reforma no había ayudado, al
contrario, que había traído confusión, así que muchas cosas se revirtieron. Otros
políticos habían oído de un nuevo método de aprendizaje, muy eficaz, al parecer,
y dejaron la puerta abierta para que los colegios eligieran si implantar este
sistema o no. Muchos lo hicieron; otros, por suerte, no. Esta “maravilla”
consistía en los niños de primer y segundo básico debían aprender a escribir
sin reglas gramaticales, sólo por oído. Pues ¿cómo hacer entender a un niño de
tercero que ha escrito mal durante dos años, y que ahora debe escribir de otra
forma? Es el pensamiento de muchos padres. Y profesores. Hace un par de años no
se enseñaba inglés en la básica (acá del primer al cuarto año); el inglés
obligatorio se impuso hace un par de años; este año, repentinamente, sólo es
obligatorio para los terceros y cuartos. ¿La razón? Los niños no hablan bien
alemán. ¿Y recién se dan cuenta? Por supuesto, que la culpa la tiene la
inmigración. Pero, ojo, que esto es lo que piensa la gente de la calle, con
quien uno convive el día a día, quienes escriben en los foros de los
periódicos. Culpa de quién sea, para mí está claro, que falta responsabilidad política.