Así lo asegura el libro “Deutschland schafft sich
ab“ (Alemania se autoelimina). Es así, pero sólo en parte.

En el aeropuerto de Pudahuel (de Santiago) me
preguntó la señora policía, al entregarle los pasaportes alemanes de mi
familia, si era verdad que en Alemania se hablaba tan bien inglés. Me llamó
mucho la atención aquella pregunta y contesté que no. Por supuesto que, viviendo
en la frontera francesa, el francés es más importante. La gente, en general,
habla el inglés básico como en otros lugares del mundo. PERO… como el gobierno
alemán incentiva la inmigración con miras a llenar su industria de mano de obra
barata, por aquella razón, en todas partes se está dando preferencia al inglés para
crear una atmósfera de “bienvenida” y “aceptación”. Muchos creen, de verdad, esta
falacia. El pueblo alemán, por su parte, ingenuo, cree que es parte normal del
proceso de globalización que todo esté en inglés, sin darse cuenta del truco. Unos
se han dado cuenta, sin ver una salida real a la situación más que la esperanza
de que es una moda que pasará pronto. Otros, por su parte, han empezado a hacer
sus maletas. Gente con dinero o estudios desean abandonar el país. Es una realidad.
La cantidad de hombres fuerinos (foráneos) en grupos por las calles es
impresionante. Ya muchas mujeres no se atreven a salir solas. En un pueblo como
en el que vivo yo, ya me siguió un muchacho a las siete de la mañana luego de
dejar a mi hija en la escuela. De seguro no quería preguntarme la hora. Y otros
padres tampoco dejan a sus hijas andar solas, menos aún porque incluso a
mediodía son seguidas por hombres de piel oscura para toquetearlas o bajarse
los pantalones delante de ellas. Cosas que me han contado otras madres.
Lamentablemente, hay gente mala que no viene más que a delinquir y hacer daño. Y
eso hay en todas partes. El origen o el color de piel no es un indicio, pero la
gente asocia inmediatamente al hombre negro con delincuente, al musulmán con
intolerante, o al alemán con el nazi. Que los hay, hay. Que no hay que meter a
todo el mundo en un mismo saco es de perogrullo. Se dice, pero no se
practica.

Unos vecinos ya nos anunciaron sus deseos de emigración
y no son los únicos. ¿Y por qué? Pues, porque los recién llegados tienen más
derechos y garantías que todos los demás juntos. Ya deportar a un delincuente
es delito contra los derechos humanos. Tal vez; tal vez, no. Un delito seguro
es dejar que la gente acumule rabia, frustración y odio, y volverlos radicales.
Los más enojados al respecto son los extranjeros que viven hace años acá, y a
quienes les ha costado un mundo la convivencia con el idioma, pero más aún, con
la gente.

Pero la gente no se da cuenta, que aquellos que
recién llegan no están destinados más que a ser esclavos del sistema, mientras aguanten.
Yo lo veo como un nuevo tipo de esclavitud. Ya no se va a buscar a la gente de África
a sus países de orígenes, sino que se los obliga a emigrar (a través de la exportación
de productos europeos subvencionados, que impide el desarrollo de una industria
nacional) y se les facilita la entrada a países como Alemania, para venderles un
sueño que está destinado a romperse. Cuánta compasión siento con aquella gente,
porque en un país como éste, jamás serán aceptados por la mayoría. Ni tampoco sus
hijos. Menos aún asistiendo a un sistema educacional, en donde el Estado
invierte sólo en los más capacitados. Así es. Solamente el sol brilla gratis. ¿Qué
hace un adolescente con sólo nueve años de escuela, nueve años, además, que son
más fáciles que en las escuelas para niños más “capacitados”? Una madre de tres
hijas me lo recalcó: “Mi hija menor no va al “Gymnasium” (diploma de 12 ó 13
años) porque el “Realschule” (10 años) es más fácil”. Como se dice en Chile, “me
quedé de una pieza” (consternada y sin poder contestarle). Y es,
lamentablemente, la mentalidad de otras madres.

Pero siguiendo con los inmigrantes. ¿Cómo se
comporta la gente con los extranjeros? Como en algunos países se le pone el
título a la persona, el abogado, el doctor, la profesora, etc., acá es el
musulmán, el griego, el turco, el “extranjero”. Y ojo, que quienes discriminan
no son solamente alemanes. De cierta forma, un extranjero tienen más compasión
con otro extranjero, pero sólo hasta cierto punto. Hoy en día, medio mundo mira
con recelo a todo lo que es “árabe” y desprecia lo “musulmán”, sobre todo a
aquellas mujeres vestidas de negro hasta los talones, que dejan solamente el
rostro descubierto. Cosas de costumbres. Y en un país libre cada cual se viste
como quiere. Y acá es realmente así.

Pero “la culpa no la tiene el chancho, sino
quien le da el afrecho”. Es cierto que este país se está autodestruyendo con su
inmigración incontrolada, pero no hay más culpables que los propios alemanes,
que se quejan de su gobierno, pero que al momento de votar continúan dando el
voto a los mismos políticos. La gente aún no entiende que los políticos son
elegidos por ellos y que no han comprado los puestos que tienen. Ni siquiera se
los han ganado. En una democracia todos tienen algo que decir, vestir o
religión que profesar, y cuando se vive en una, no queda otra que aguantar al vecino
de al lado, aunque se tengan ganas de matarlo. Otro dicho dice que es “el
pueblo tiene el gobierno que se merece”, pues porque el pueblo lo elige. La
moraleja es, que quien se queja, que haga algo para cambiarlo.