Hace años que sé que tengo que trabajar el perdón. Me compré por el año 2014 una
baraja de Ángeles y la única carta que me salía una y otra vez era aquella de
perdonar. Creo que nunca entendí bien aquel verbo. Tampoco, por qué la vida me
traía situaciones de traiciones. Sí, me han traicionado un sinnúmero de veces, y
me han dolido de forma especial porque me considero una persona leal. Más
encima, han sido traiciones de telenovela, y yo metida en una telenovela equivocada.
Si las contara… pero no deseo hablar mal de nadie. Aunque, creo que, sólo un
ejemplo sirve de ayuda a la comprensión.

La intriga
sucedió el año 2018 por padres del curso de mi hijo, quienes son conocidos en
el barrio por “sus buenas acciones”. A decir verdad, estas
personas (dos mujeres y un hombre) no sólo me traicionaron en forma directa sino
que de paso difamaron mi nombre. Y no sólo me traicionaron y difamaron, sino
que me culparon por defenderme. Pasé de víctima a victimario. Aún cierta gente me
mira con odio, a pesar de que no hice nada malo. Pero en este país, ser franco
y sincero representa uno de los crímenes más grande. Así es, la hipocresía
reina en todas partes.

La impotencia por lo sucedido me hizo estar hasta
fines del año pasado con una alergia crónica que me tuvo en noviembre y
diciembre, además, con bronquitis obstructiva. Si no fuera por la homeopatía habría
ido a parar al hospital (porque llegué a la homeopatía después que ningún
medicamento me ayudara a controlar el asma). Pero, gracias al cielo, he decidido
comprender qué significa el perdón y que sanando el alma se sana el cuerpo. Y el cielo me ha ayudado todo este tiempo; era yo la que se negaba a aceptarlo y ponerlo en práctica. Lo que
sucede nunca es en vano. Incluso cuando escribo llego a sentir lástima por aquella
gente sucia de mente y espíritu. No hay otra forma de describirlo. Gente
intolerante, pero peor aún falsa e hipócrita, que debido a cierto complejo de
inferioridad, se las arregla para ser elegida en los centros de padres u otra asociación
a nivel de barrio, y ojo, que hablo del barrio de un pueblo, para darse a conocer.
Hablo de dos mujeres que se enorgullecen de “organizar los basares anuales en
el jardín infantil” (esas mismas palabras me las restregaron en el rostro). Sin desviarme del tema,
perdonar ha significado para mí no seguir deseando que esta gente se muera ni
que sea ajusticiada. Porque, más encima, luego que estas dos mujeres me imputaran
hechos que jamás cometí, y más encima, me salieran con un discurso de índole casi
nacionalsocialista : “Tú no debes hablar en tu idioma materno en frente de otra
gente”. Nunca comprendí esta afirmación, porque cuando hablo con una española en
forma privada no voy a hacerlo más que en español, aunque esté medio mundo presente.
Es de perogrullo. Y lo que hablo en privado, tampoco le concierne a nadie más,
menos aún cuando hablamos sobre nuestros hijos o de yoga. Lógicamente, apenas
me pude defender porque todo sucedió en alemán, y ¿quién piensa rápido y
preciso en un idioma extranjero? El marido de una quiso pegarle al mío porque él
las despidió con el grito: “ya está bueno, déjenla tranquila”. Al tipo éste (el
marido) hasta le pedí perdón para que se largara, aunque jamás hablé ni mal ni
bien sobre su mujer (ella no estuvo involucrada en el problema real). A pesar
de todo, afirmó en mi cara que había hablado mal de su mujer en mi idioma
materno. Lo negué, reitero, porque como ella no estuvo involucrada en forma aparente
en el verdadero problema, jamás la mencioné. Él sólo atinó a decirme que nadie
entendió ni una palabra de lo que hablaba (en privado con la española con quien me
río mucho), así que debe haber sido así. ¿Qué enfermedad sufre esta gente? Aún
no puedo seguir la lógica, porque no la hay. Lamentablemente, no
sólo hay gente intolerante sino que estúpida, y no por partida doble, sino triple. Cuando supe que el padre de ella también estuvo quejándose en público de que
hablara con la española en español, la estupidez viene por partida cuádruple, y
al parecer se hereda. Como otro señor (más encima, un profesor universitario) se
molestó conmigo por quejarme sobre toda la situación injusta en la que me vi
implicada, la estupidez viene también por partida quíntuple. Porque,
ciertamente, títulos o diplomas no hacen gente buena ni menos justa. Como este
señor de “noble corazón”, como la gente lo conoce donde vivo, más encima, está
involucrado en un engaño (aún desconocido por la población de esta ciudad) con
dineros estatales, también creo en el dicho “dime con quien andas y te diré quién
eres”: Falso como sus dos amigas. Porque si sale a la luz pública el engaño que
huele a estafa del cual fue partícipe, no sólo va a perder su buena reputación.

Y esto fue sólo un pedacito, porque la historia
de falsedad e intriga da para largo. Pero no la voy a contar por completo,
porque no vale la pena. Luego de quejarme con la gente indicada sin lograr nada,
escribí una carta al periódico local aduciendo que los alemanes tratan a un
extranjero como solían hacerlo con los judíos; los marcan, aunque ya no con la estrella
cosida en el pecho, sino con una estrella que todo extranjero lleva automáticamente
en el pecho por el solo hecho de ser extranjero, ahora medio mundo, más encima,
me desprecia. Pero la verdad hay que decirla. Otro dicho dice que “cuando se cierra
una puerta, se abre una ventana” y, ciertamente, en las malas se reconocen los
amigos sinceros, los he tenido y agradezco la sinceridad de la gente. Como, lamentablemente,
la gente que me dio su apoyo empezó a sufrir “mala suerte”, comencé a creer que
el odio que tiré contra los malos cayó en quienes yo quería (un pensamiento
fue, ¿por qué esa mentirosa no se quiebra una pierna? ¡Y una amiga se cayó y se
quebró la mano!). Porque es cierto que otras almas se sacrifican para que uno vea
o aprenda ciertas cosas. Las
señales están a la vista. Y como terminó tocándole el turno a mi hermana, decidí
por fin comprender y aceptar que el odio no hace más que devolverse (si no en uno
mismo, en los que queremos) y que las injusticias no serán resueltas más que
por justicia divina. Lo único que haré es tratar de alejarme de esa gente lo
más que pueda porque la hipocresía que los rodea es insoportable. Y hasta siento
lástima, porque al enterarme que no he sido la única en sufrir a causa de sus
intrigas, algo me dice que sufrirán y justamente en lo que más le duela. Pero si
no es así, no me importa, en realidad, porque me he liberado del odio y la
impotencia, sabiendo que era lo que tenía que vivir. Y que esto sirva de ejemplo para quienes me lean no crean el cuento que quienes
predican el perdón, el amor o la compasión llevan una vida perfecta. No es así.
Perdoné no sólo por mí, sino por aquellos a quienes aprecio y quiero. Y pido
a Dios que muchos de ustedes logren perdonar, no por mí ni por alguien otro,
sino por ustedes mismos, porque hace bien al alma vivir en paz. Porque algo es
seguro: Cuando cambia algo en nosotros mismos, cambia algo en el mundo entero.