El otro día escribía una carta a un
diario sobre la polémica de ser extranjero. Debe resultar un tema interesante,
aunque polémico, cuando se vive en un país como Alemania: Que los derechistas, que
los nazis, que los refugiados y todo eso que sale en las noticias. Pues sí,
debo reconocer que el tema no sólo genera polémica sino que es bastante grave. Me
pregunto, eso sí, si en otra cultura repercutiría de la misma manera. Sin adentrarse
en historia, el pueblo alemán es conocido por sus años en la oscuridad (“total”,
para mi gusto). Siempre debato con mi marido (alemán) sobre el asunto, ya que
ambos somos historiadores aficionados, y cada vez me convenzo aún más, que los
libros no pueden dimensionar la realidad, menos aún, acercarse a ella.
Lamentablemente. Cifras de muertos, desaparecidos y que sé yo, jamás podrán
plasmar la miseria y el dolor humanos. Es así que quien no ha vivido lo
ocurrido, no entenderá tan fácilmente. “Otra cosa es con guitarra”, pues sí, decirlo
no es lo mismo que vivirlo en carne propia. Ciertamente, que acá está lleno de extranjeros.
En la calle apenas se oye el alemán, pero ¿acaso no sucede lo mismo en otros
lugares del mundo? Es el diario vivir de un mundo en globalización, entonces, ¿de
qué nos quejamos? Ser extranjero no es fácil, y sé es, incluso, creo yo, aunque
se hable el idioma adoptado a la perfección o se haya adoptado la nacionalidad
del país residente. Como decía en mi carta, los judíos en la época del
nacionalsocialismo (años treinta) debían coser una estrella en sus trajes a la
altura del pecho para ser reconocidos, abiertamente, como judíos y, por tanto,
de otra raza (ojo, no religión). Pues, hoy en día, nadie debe coser una
estrella en sus ropajes, pero como extranjero uno la tiene a la altura del
pecho en forma automática. Triste realidad de un mundo en globalización.